dimecres, 11 d’agost de 2010

Los trasnochadores

Era pleno verano cuando dos jóvenes, Alejandro y Lía, que se conocían de poco tiempo atrás, empezaron a quedar noche tras noche para quedarse a hablar por el Messenger ya que a los dos les costaba dormir.

Fueron pasando los días y cada vez se pasaban despiertos más horas por la noche que por el día, hasta el punto que se acostumbraron a vivir durante la oscura y silenciosa noche y dormir durante el día. Tenían a sus familias y amigos muy preocupados, tanto que decidieron quitarles Internet y cualquier otra forma de comunicación que tuvieran entre ellos para que volvieran a sus vidas normales. Pero la cosa no fue así. Viendo la reacción de sus familias, Alejandro y Lía decidieron escaparse de sus casas y dejar toda su vida atrás para ir a un lugar donde pudieran vivir de noche sin que nadie les dijera nada.

Después de estar varios días en un bosque, decidieron hacer autoestop hasta París. Una vez en la capital francesa, decidieron ir hasta el cementerio de Montmartre y empezar una nueva vida allí ocultándose en algún panteón durante el día y haciendo vida de noche por ese lugar.

Hacía días que Alejandro y Lía no comían nada y no podían aguantar más, así que después de pensarlo mucho, Lía dio la idea de saquear alguna tumba y robar algún cadáver para poderse alimentar un poco y utilizar la fuente que había en el centro del cementerio para poderse hidratar.

Una noche, mientras los dos jóvenes investigaban ese enorme lugar, descubrieron una rejilla que conducía hacia las cloacas de la ciudad, donde decidieron ubicar su nueva residencia allí abajo, ya que era mejor para esconderse y podían tener acceso a toda la ciudad.

Cierto día, o mejor dicho, cierta noche, Alejandro se dio cuenta que ya no quedaba ningún cadáver en el cementerio que se pudieran comer y tuvo que tomar una de las decisiones más difíciles de su vida: morir de hambre o matar gente para alimentarse. Después de pensárselo cinco minutos Lía y Alejandro decidieron que esperarían unos días para ver si podían encontrar comida de por las cloacas y que si no lo conseguían empezarían a matar gente para alimentarse.

Esa misma noche, empezaron a recorrer las cloacas de la ciudad francesa y casi sin querer encontraron una puerta entreabierta en una de las paredes, con un cartel que ponía: “¡Párate! Aquí empieza el Imperio de la Muerte”. Los dos amigos decidieron entrar a pesar del cartel, y descubrieron que acababan de adentrarse a las famosas catacumbas parisinas, un lugar lleno de huesos y calaveras a montones, ya que antiguamente era un cementerio.

Tras recorrer algunos pasadizos, Alejandro y Lía llegaron a una sala con un libro negro rodeado de unas velas que iluminaban el libro, pero no el resto de la sala.

Lía se acercó al libro para ver lo que ponía y justo en el momento en que lo iban a abrir, unas voces que decían “Bienvenidos, os estábamos esperando” salieron de la más profunda oscuridad de la sala y seguido de esas voces, un par de capuchas negras fueron acercándose a las velas y al libro. Lía, espantada empezó a retroceder hasta llegar a los brazos de Alejandro, que la abrazó para protegerla.

Los dos encapuchados se fueron acercando a los chicos, y estos a la vez iban retrocediendo. De repente, los encapuchados se quitaron las capuchas negras, dejando ver unos rostros que parecían tener bastantes años. Eran un hombre corpulento de pelo castaño y corto y tez morena, y una mujer un poco más baja que el hombre con el pelo largo y moreno y la tez también morena.

Tras unos momentos de silencio el hombre empezó a hablar:

- No tengáis miedo, no os haremos daño.

- Sois Alejandro y Lía, ¿verdad? –dijo la mujer.

- Sí… -contestó Lía con voz temblorosa.

- ¿Vosotros quiénes sois? –preguntó Alejandro.

- Nos llaman los “Trasnochadores” –dijo el hombre.

- Él se llama Sergi y yo me llamo Marta, y llevamos más de cincuenta años matando a los criminales que quieren acechar estas catacumbas por las noches para robar los huesos –explicó Marta-. Aunque no somos los primeros, desde que en la Edad Media se empezaron a excavar estas catacumbas ha habido una pareja de guardianes.

- ¿Y qué tenemos que ver nosotros con esto? –preguntó Marta.

- Sois los elegidos para ser los nuevos “Trasnochadores” y vigilar las catacumbas de París –empezó Sergi-. Cada cincuenta años, una antigua profecía trae aquí un par de jóvenes, siempre un chico y una chica, que prefieren vivir la noche en vez del día. Esta profecía se remonta, como os a contado Marta, a la Edad Media, cuando un chico y una chica llamados Fulrad y Griselda, se adentraron a estas catacumbas para hacer una sesión de espiritismo. Como no pasaba nada, empezaron a blasfemar sobre los espíritus que había y hay en estas catacumbas y a reírse de todas las cosas relacionados con el mundo del espiritismo.

- Con este comportamiento hicieron enfadar a los espíritus –siguió Marta-, y estos, antes de que Fulrad y Griselda salieran, les lanzaron un maleficio para que sus cuerpos estuvieran ligados a este lugar para siempre, y que aunque cada 50 o 100 años alguien los sustituyera, ellos seguirían vagando por las catacumbas toda la eternidad.

- Y el libro que veis aquí hay apuntados los nombres de todos los que han sido y serán “Trasnochadores”, el día que se cumple la profecía y a los nombres de los saqueadores pasados y futuros, también con las fechas en las que intentaron o intentaran saquear estas catacumbas –terminó de contar Sergi.

Después de que Marta terminará de hablar, unas voces inteligibles sonaron a lo lejos de un pasadizo, y por lo que dijo se ve que eran Fulrad y Griselda.

- ¿Y si nos negamos a ser los siguientes? –preguntó Alejandro con voz temblorosa.

- No os podéis negar, sois los elegidos, y si no aceptáis hacerlo voluntariamente lo aceptareis a la fuerza. ¡Nada ni nadie puede incumplir la profecía! –le contestó Marta con voz amenazadora.

Después de oír eso, y sin hacer mucho caso Alejandro y Lía empezaron a correr por un pasadizo situado a su izquierda. Después de unos pocos minutos en que estuvieron corriendo, Alejandro chocó contra algo q le pareció el cuerpo de una persona, y justo cuando él y Lía levantaron la cabeza vieron unas caras blancas y demacradas que se disponían a…


RIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIING
Sonó el despertador de Lía a las ocho de la mañana, ya que a las nueve tenía que entrar a trabajar en el bar del pueblo donde ella vivía. Pero antes de ir a la ducha, cambiarse y desayunar, empezó a recordar la extraña pesadilla que había tenido, y asustada llamó a Alejandro.

Alejandro le contó que también había tenido el mismo sueño que ella y que estaba igual de asustado que ella. Después de una larga conversación, decidieron poner remedio a su insomnio y empezar a hacer más vida de día y dejar de pasar las noches delante de una pantalla y dormir más.

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